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Camarada Carlos

Durante años, Carlos Montemayor y Alí Chumacero revisaron, comentaron y criticaron cada página que les entregamos en el Centro Mexicano de Escritores. En mi caso, no fueron pocas, prácticamente toda la novela por la cual me habían concedido la beca. En cambio yo, fui demasiado petulante como para reconocer sus críticas o confrontarlas con el texto en el momento. La dinámica establecida era muy clara, Chumacero hacía observaciones puntuales, muy juiciosas, incluso correctas, sobre el estilo y el lenguaje; tenía esa capacidad de hacerlo con tal gracia, que el ridículo no podía convertirse en algo incómodo; por el contrario, Montemayor, con ese tono mesurado de tenor e impecable dicción, se metía a fondo no sólo con el texto, sino con la intención del autor, sin rodeos ni concesiones. Su análisis era siempre lúcido, claro y generoso. Invariablemente, se dirigía a nosotros de Usted, no para poner distancia, sino para afirmar que nos respetaba. Este era el trato que Montemayor daba a los beneficiarios del CME, y el Usted que algunos malinterpretaban como un gesto insoportable de solemnidad o pedantería, era clave inequívoca de un código que sólo se da entre pares. En este tono nos ofrecía sus comentarios, y en ese tono nos dirigíamos no sólo a ellos (Carlos y Alí), sino entre nosotros, aunque no siempre empleáramos el Usted. Incluso después del CME, no dejó de dirigirse a mí con un ceremonioso y cordial Usted. Por el contrario, yo siempre lo traté de tú (y no pocas veces me lo reprocharon mis compañeros); nunca pensé en el Usted porque siempre le he hablado de tú a mis amigos, que por lo general son mis maestros.
     En ocasiones, durante las sesiones, había que prestar demasiada atención y buena voluntad, porque si se prolongaba su alocución, corríamos el riesgo de hundirnos en las espesuras de su erudición –él mismo se dejaba seducir por su voz–, que Alí atajaba con métodos poco convencionales. Aunque no siempre se daba el diálogo –evitaba que uno explicara siquiera lo que buena o ingenuamente se proponía hacer–, tampoco pontificaba, pero insistía, insistía e insistía, incluso al punto de la cátedra… y entonces intervenía Alí, con una carraspera que apuraba a conclusiones.
     Había también rituales. Uno de ellos consistía en concertar una cita en un buen restaurante para conocernos y discutir de literatura, al calor de unos alcoholes y comida de excelencia, preferentemente mexicana, por lo general la Hostería de Santo Domingo, en el Centro Histórico. Uno veía el menú, indeciso, y apenas advertía un titubeo, Montemayor salía al paso: “Si me permite hacerle una sugerencia”, decía, “la pechuga ranchera en nata es una excelente elección”. Entonces uno pedía la pechuga y, en efecto, no había decepción. También estaban las reuniones habituales en el Tío Luis, en la Condesa, donde gravitaba Alí Chumacero como gran gurú del buen beber y eje de la conversación. Pero la comida del Centro Mexicano de Escritores, sospecho que Montemayor la agendaba en la Hostería no sólo por su inclinación a la buena comida mexicana, sino porque tenía la oportunidad de deslizarse, inadvertidamente y sin pudor alguno, al piano del lugar para cantar; el repertorio de aquella tarde incluyó “Amapola” y creo que es una de las imágenes más fijas que conservaré de Carlos Montemayor. Como dice María, era “el último de los románticos”.
     La última sesión en el CME, o mejor dicho, la última entrega para mí fue crucial. Montemayor se tomó el tiempo suficiente para realizar un recuento crítico de mi texto. El capítulo que había entregado anunciaba el final de la historia del camarada Rojo, Rubí y el narrador central. En ese episodio confluían los tres y se desataba la crisis que minuciosamente había venido preparando y que articulaba el resto de las narraciones. Sin consideración alguna, me dijo que había hecho un buen trabajo, pero que si retomaba la novela a partir de estos tres párrafos, inscritos en dos páginas que exhibió con los dedos en pinza, existía la posibilidad de que obtuviera algo realmente bueno. “Mire usted, aquí se encierra el verdadero conflicto de su novela”, dijo. “Esto es lo que de verdad debe contar, porque esto es real, esto es lo que le atañe.” Lo soltó así nomás, sin aspavientos, como quien dice vuelve a escribirla. No había ofensa ni descalificación en su juicio, ni recuerdo que hubiera hecho en algún momento a cualquiera de nosotros un comentario con esa intención. Sonreí y pensé lo único que podía pensar entonces, que no había entendido un ápice. El juego de puntos de vista, los quiebres de tiempo, la construcción de personajes, los recursos, la trama y la descomposición de la trama. Nada lo había entendido Montemayor, sólo le parecía un texto bien escrito.
     En el CME nos daban unos meses para concluir el proyecto presentado y liberar la última mensualidad. En esos seis meses me puse a ordenar el trabajo y me resultó imposible llegar al final. En efecto, había algo que no cuadraba. Distribuí los capítulos como los había pensado; hice mapas; señalé personajes, anécdotas, tratamientos que debía elaborar nuevamente, replantear o profundizar. Nada de eso me condujo al final. Un capítulo atroz, que ocurría durante una fiesta de quince años, se me anteponía siempre como una piedrita en el zapato, como arena en el ojo… y esos tres párrafos, igualmente estorbosos. La novela descansó, siempre rondando mi cabeza, y un año después retomé todo el material, todas las notas que había tomado, y miré de golpe las páginas señaladas por Carlitos, como le decía cariñoso Alí, y quien comprendió fui yo. Tenía razón: había ensayado con el lenguaje y los personajes y la estructura durante casi dos años para llegar el punto donde quería llegar: a saber lo que quería contar. El resto era paja, artificio, y así fue como empecé de nuevo algo que aún no he concluido. Lo único que diferenciaba esos tres párrafos del resto de la novela, es que estaban anclados en la realidad, más allá de la verosimilitud. Es aquí donde está en gran medida eso que llamamos vida de la novela. Esa fue su gran lección. Como a otros, quizá, Montemayor me enseñó, me hizo tomar conciencia de que hay un tipo de literatura que trasciende el juego verbal y los montajes; lo anecdótico y la corrección; la que apuesta no por observar la realidad, sino por intervenir en esta, la que a uno más que serle cercana, le inquieta y le perturba. En esas líneas Montemayor advirtió congruencia entre autor y texto, como ocurre con Guerra en el paraíso, como él.
     Desde el viernes 26 de febrero que se esperaba su muerte, comenzó un duelo personal. No sólo a causa de la inminente pérdida del maestro, sino porque con él empieza el luto por una tradición irrecuperable, donde escritores que dignifican el oficio de quien escribe, congruentes entre el decir y el hacer, resultan imposibles. En el Centro Mexicano de Escritores, Alí Chumacero y Carlos Montemayor enseñaron a los jóvenes escritores a sentirse escritores, a escribir como escritores, a pensarse escritores y sobre todo, a saberse escritores, al margen de la obra y el prestigio. Todo ello implicaba el reconocimiento de uno y del otro. Nos enseñaron también, a respetarnos en este sentido y a ser humildes y severos con nosotros mismos; a no tomarnos tan en serio ni tan aprisa. Ignoro si Carlos sabía lo significativo que fue, realmente, para un puñado de escritores que pasaron por aquella sala de cuatro por dos y medio cada miércoles. Ojalá lo supiera. Me hubiera gustado decírselo. 

* Versión impresa, y aquí otra versión de un amigo.

Ex Libris

Bueno, supongo que esto es inevitable: hablar de Salinger ahora que murió. Y la verdad, realmente es inevitable. Desde que lo leí en la escuela, desde que comencé a escribir, J.D. Salinger estaba ahí con toda su prestancia heidegueriana: mientras más ausente, más presente. La única novela que he cerrado y abandonado su escritura por completo, la primera, la primeritita de todas, de la cual solo un amigo tiene una copia (y que se arriesgó a leer de principio a fin) comienza y divaga entre sermones morales, Salinger, José Agustín y un sueño recurrente. Desde luego fue un ejercicio iniciático muy enriquecedor que me tomó años y, al parecer, me dejó exhausto. Sin embargo, Salinger no ejerce en mí la fascinación y amor que siento por otros escritores; cuando murió Arreola, por ejemplo, me entristecí, incluso hubo lágrimas; lo mismo pasó hace un par de meses con Milorad Pavic, a quien no he sido capaz de escribirle mi despedida. Sin embargo, con Salinger, la sensación fue distinta, quizá porque Holden Cauldfield sigue por ahí, pendiente de mi caída hacia el precipicio. Y eso que no he vuelto a visitarlo, aunque he tratado de conocer a los Glass sin experimentar una atracción real por ellos, salvo por el texto que los críticos dicen que es su peor trabajo “Hapworth 16, 1924”, el último que publicó.
     Salinger me evoca aquellos años febriles en que paseaba con una libreta en el bolsillo del pantalón y una pluma y anotaba al vuelo cualquier estupidez que pudiera prestarse [o no] para un cuento. Años virginales en que pensaba cuán gris sería la vida de un burócrata como yo lo soy ahora (y debo decir que esta vida no es nada gris, aunque tampoco sea luminosa). Años felices donde todo era un inconmensurable, intenso, intenso drama. Días de café París y El Parnaso y paseos por el Centro Histórico. Esos días en que uno, cómodo, se siente censor moral y conciencia universal. Pero sé, que el asunto no es Salinger, es un estado de ánimo, es un tiempo en el que el nombre del escritor no es el escritor sino un símbolo, una marca, por fortuna, indeleble, como un ex libris. La única razón por la cual la noticia de su muerte me dejó una sensación indefinida —como quien ve algo desde el andén del metro y tiene la certeza de que en el vagón del tren que acaba de pasar ha reconocido algo, no necesariamente un rostro o una figura, sino algo— es porque había vuelto mi interés haría un par de meses. Volvió en 2004, volvió en 2006 y durante 2008, cuando hallé, un domingo familiar en Sanborns, los Nueve cuentos de “Un día perfecto para el pez banana”, y en 2009, cuando me propuse hacer una pequeña edición de cuentos no reunidos y traducidos al español, hallados aquí, en la red.
     La obra de Salinger no creo que me hay marcado literariamente, pero se convirtió en una suerte de evocación requerida cada vez que mi escritra se veía vencida por la inactividad. Mi relación con Salinger es una perfecto ecuación de causa-efecto. Así, siempre que me digo voy a dejar de escribir, un aliento de nostalgia tarde o temprano me sobrecoge, releo algunos viejos textos, pienso en mis libros de cabecera, hojeo mis libretas, hago algunos apuntes por el mismo tono conmiserativo, y me viene a la mente una manera de ser que asocio con Salinger, una novela de Paul Auster y Sean Connery (¿por qué Sean Connery? Misterio). Ah, y claro: con mi papá (otra larga carta de despedida que no he concluido), la sala de la casa de mi mamá y una máquina de escribir Olivetti (Lettera) donde escribí una novela desbordada con el triste título de Tiempos oscuros, que tuve el ánimo de transcribir y reescribir en la computadora Acer 386 que mi hermano se empeñó en comprar y que luego heredé, si no me equivoco, al gran Alberto. Salinger es una tonada que bien podría haber tocado Johnny, porque es como el compañero Bruno, fiel como el mal aliento.  

El clan en fin de año

La familia en diciembre: se lee fácil pero se dice con cierta pesadumbre e inevitabilidad, porque siempre es cuestión de arduas negociaciones en el hogar, fundamentalmente porque uno está cansado y el elmento champincuri que está de por medio nos obliga a proceder de manera diferente, sin contar, claro, al clan, que invariablemente sigue con rigor un plan definido: el antiplan o roto-plan: el súbito cambio de planes. Si no fuera por ella, tal vez las cosas resultarían menos liosas; si el clan definiera y siguiera a pie juntillas un plan, ídem. Si no fuera por ella, tal vez diciembre no sería un mes que ahora me depara más gracias que pesadumbres; si no fuera por el clan, tal vez diciembre no me depararía pesadumbres, pero tampoco sería del todo agradable. Y si no fuera porque diciembre es el único mes en que se presenta la oportunidad de que la familia se reúna, sería... quién sabe qué y cómo sería, tal vez lo que era antes: una fecha que uno dejaba correr por su piel como el agua bajo la regadera, bien ataviado y con “El niño del tambor” en voz de Raphael como música de fondo.
     La negociación decembrina, sin embargo, no empieza en la mesa, con un cálido café y los tabacos en la mesa, como quien se dispone a jugar una partida de dominó que definirá al campeón universal, porque en esta mesa no hay nada que ganar ni es competencia. No. Empieza en la cabeza, por ahi de agosto, con un runrún insistente que pregunta cuál será el plan en diciembre y uno se responde planteando los múltiples escenarios posibles, que paradójicamente, son los mismos año tras año. Luego, llegado octubre más o menos, el runrún cobra forma, como ánima rulfiana desciende por los hilos telefónicos, se desprende de los labios de una tía o del hermano, viaja al instante en megabaudios, o simplemente se conjura mediante un correo electrónico o en la alquimia publicitaria de una oferta que no es propiamente prenavideña, aunque tiene toda la pinta para el consumista previsor de paseo por una tienda departamental. Diciembre entonces se aproxima con sus pesados pasos de viejo barbas chapeteado, envuelto en terciopelo rojo con cara de ponchera y forma de piñata, sin delicadeza alguna, y con toda esa ventaja de ser último en el calendario, en medio de balances presupuestales e informes de trabajo, se apersona con su fatalidad de ¿dónde vamos a pasar a la Noche Buena? y la respuesta inmediata: donde siempre ¿o no? Pero este donde siempre implica un lugar donde no pasar la Navidad; implica que no verás a esa parte de la familia que siempre pregunta por qué no vino fulano, no obstante fulano casi nunca se deja ver porque tendrá sus razones. Además, ocurre que por un lado el plan se ha definido sin ambigüedades; por otro, la improvisación prima como si fuera una virtud y no algo humanamente desquiciante. (Este año, oh ingenuidad, creí, pensé y asumí, que la improvisación sería elimanada del panorama; no fue así.)
     Pero este reproche soterrado en torno a la familia, que el clan eleva con un simple “qué milagro”, es una ficción que describe una realidad precisa, porque sucede que antes de diciembre transcurrieron, lisitos, once meses con fechas propicias para manifestarse ante el clan, en los cuales uno optó por dejar escapar la oportunidad. La realidad del quémilagro sugiere también una imposición: deberías estar aquí, y este deberías el sometimiento a una tradición de la cual uno ya no desea participar simplemente porque está conformando su propia tradición, y una reacción, que es la evaluación cualitativa de las tradiciones familiares que permiten sentar las bases, mediante la ruptura, de las nuevas tradiciones en construcción. Lo peor del recurso del quémilagro no es la simple enunciación, sino el anticipo de una perorata sobre la unión familiar y el significado de la familia. Intolerable, pero es una concatenación probadísima que garantiza un ataque en masa, el blitzkrieg del clan ante el cual no hay defensa porque no hay convergencia en los puntos de vista, que deriva en no decir lo que realmente se quisiera decir para evitar un drama a la altura de una patética ópera bufa, entonces las palabras se atropellan rápidamente como un remolino de agua que se forma en el ojo de la coladera, y se pierden como las palabras de la maestra de Charlie Brown: bla bla bla bla blá, y ahí termina la invitación a reflexionar sobre quién sabe qué que tendrías que pensar. Todo está dicho sin haber dicho nada. Ah, somos tan cristianos, tan sembradores de culpas, tan cantinflescos, tan sin sentido del humor. Yo prefiero esquivar la piedra y dejar que el clan se conforme con mi presencia de muñeco de aparador, y el clan acostumbrado a este proceder, se conforma: es la nueva tradición, para desplazar su atención sobre la nueva víctima propiciatoria: el elemento champincuri los absorbe con su gracia y simpatía, cómo no, y menos tarde que temprano cada quien se solaza en conjeturas de lo que pasó por la cabeza de zutano o mengano, incluyéndome. Qué flaca es la memoria cuando hay tantas cosas que no cambian, y qué esperanzador y decepcionante resulta diciembre cuando se espera que lo que antes no era diferente ahora sea distinto. Diciembre y sus aguinaldos no cambian, apenas se transforma para dejar de ser lo que siempre ha sido: una promesa. Y sin embargo, como diría Galileo, se mueve, por fortuna.

Autor en busca de personaje

Después de una desviación de navegante en busca de un dato irrelevante para determinar la paternidad de un refrán, decido que no, en definitiva, que no es lo mismo escribir así, aquí, que en la intimidad de una libreta rayada, apretándose la letra manuscrita conforme se acaba la página. Según se ve (y percepción es realidad), esto ya es un hecho consumado conforme se va acomodando el texto con su letra de molde, bien alineado —justificado—, casi sin erratas, ligando palabra tras palabra, imagen tras imagen (el cuadro completo es otra cosa) listas para la imprenta. No hay tachaduras ni enmiendas ni compenendas; pero eso sí, qué tal el pajarito censor que tienes a espaldas, ese que te dicta que sí y que no, hasta dónde eres vulnerable si abres demasiado la puerta, pero ¿y si sucede que crees que la puerta está abierta justo lo suficiente para no exponerte, cuando más bien estás abriendo el zaguán? No. A la libreta se puede volver con la libertad del control que tengo sobre sus páginas para arrancarlas o sepultarlas en mi desordenado orden, para dejarlas siempre inéditas —vanidad, como si hordas de lectores se agolparan en la puerta de mi casa para desenterrarlas—, o públicas solo para quien las lee, o sea yo y nadie más. A la libreta se puede volver con la seguridad de que esa intimidad que consigna los recuerdos más tristes y esculpe la nostalgia, pero que también cincela y acomoda las memorias felices para que continúen siendo felices o más felices si se quiere, sin que venga nadie a cuestionarlos y enmendar la plana, quedará intacta.
     Un error evidente de perspectiva, de origen, que no vi; una ingenuidad reprochable de entrada, para mí, a estas alturas. Debo crear al personaje que soy yo entre carpetas, y dominarlo: vaya tarea ser autor de uno mismo
. Ah, esta redacción sincopada me trae tantos recuerdos... felices, por cierto. Lo delicioso, eso sí, es ver la construcción y deconstrucción de la película cuadro por cuadro (como dije antes, eso es otra cosa), mes con mes, según las etiquetas. Me repito: debo crearme un personaje, no sé cómo ni de qué tipo ni con qué historia, pero debiera ser tan elegante como este caballero aquí a mi lado...

Del hubiera


El trabajo, en este díficil cierre de año, ha impedido que le dedique a mis notitas más tiempo del que quisiera. Me hubiera gustado continuar comentando mis anacronías sobre el proceso técnico-creativo-autodidacto de la “Bitácora” y carpetas que le acompañan. Me hubiera gustado hablar oportunamente de la tipografía y su relevancia para mí. Del minucioso trabajo de fijar criterios editoriales. De las imágenes que no hay en esta página, y de la que hay en esta página que me recuerda a los jinetes de las portadas de los programas del Hipódromo de 1982, y a papá en sábado, anotando en mangas de camisa, recostado en la cama, los resultados de las carreras como si guardara una memoria de sus aciertos y, principalmente, de sus malas decisiones al apostar por este caballo y por tal jinete (¡pinche Mercado, ya no tiene muñecas!), porque las carreras no eran cosa del azar, sino la correcta suma de una serie de datos precisos. Me hubiera gustado hablar más, pero en menor medida, de mis torpes hallazgos en la estructura de esta carpeta, que blogueros más experimentados en comentar y explicar sus propios hallazgos han hecho y hacen de manera sistemática... Pero hasta cierto punto, ocurrió lo que imaginaba y es que, como cuando uno escribe un cuento, de joven, con la firme creencia de que revoluciona algo que se revolucionó hará un siglo atrás, si no es que más, me vi rebasado por las incursiones de otros como yo antes, y así cómo no sentirse desalentado porque la imaginación de otros resulta en una competencia contra la originalidad... oh bendita ignorancia, cuántas satisfacciones nos deparas (ah, cuánto hubiera deseado escribir: “¡oh, inteligencia, soledad en llamas!”).
     Hubiera invertido en estos dos meses, támbién, más tiempo en la sustancia y menos en la forma pero bueno, pienso como novelista y veo el potencial de la la página en su estructura, sin poder deslindar la forma de la sustancia. Pienso por otra parte, que no importa, que haré cuanto ahora pienso que hubiera deseado porque, al menos por las noches, este tiempo compartido entre la vida laboral y familiar es mío, solamente mío, o relativamente mío. Pero mío. Casi. Y ahora mismo siento, porque es un sentimiento vago que proviene de la desmemoria, que me encuentro hablando desde un punto distante, medianamente distante, de donde yo me situé al emprender esta bitácora. ¿Era mi deseo llevar un registro puntual de mis más íntimos devaneos día por día? No. No tanto. Estaba, sí, el objetivo de preparar un texto por lo menos cada semana, de quitarme un peso de encima a cuenta gotas. Pero también encuentro, ahora que lo pienso, un tono disfuncional en este propósito, porque el propósito iba acompañado de una suerte de mordaza a cualquier calificación de mi trabajo. Un tache y censura a la reflexión personal sobre la creación. Como si a quién le importara. Y este sentimiento vuelve a revelarme, también ahora que lo pienso mientras escribo, que no he dejado de escribir solamente para mí, sino que sigo escribiendo para un lector que está más allá de mi epidermis, cuya respuesta aguardo secretamente. Aquí, yo, aguardo paciente, acabar con los hubiera, aguardo moroso, menos tarde que temprano. 

Obsequio a los 35

Este es el problema: acontece que uno, alguien cumple años, digamos 35, ¿cuál sería la mejor manera de celebrarlo? ¿el mejor obsequio? No es una edad cualquiera: es el último año en que bajo el criterio estandarizado por la Unesco, se considera al más baquetón de los baquetones todavía joven. A los 35 se es, como se especifica en las convocatorias literarias, “inclusive”. No obstante, y a pesar de la Unesco, conozco a varios caballeros y un par de presuntas damas que estando claramente fuera de la frontera inclusive conservan esos rasgos juveniles de personalidad que los ubican de este lado del inclusive. Algo ridículo para quien frisa, borda y decora los cuarenta con sedentaria flacidez, se agita al subir las escaleras y conoce de sobra la programación completa de Universal Stereo. Cualquiera diría qué onda, ya crece manito. Y al contrario, quien estando en el bloque inclusive dice —no de ahora, sino de muchísimo antes— “manito” y escucha en este momento uuh mai lord, mai suit lord... y jazz de las grandes bandas, pudiendo escuchar a Amy Winehouse o James; cualquiera le diría güey, actualízate... Oh, los viejos amigos (p.j.)
→prometo hacer un glosario de abreviaturas←
     En fin, de vuelta al punto de partida. Siendo, pues, un habitante del mundo a punto de ingresar en las filas de los viejos prematuros, decidí que el deber ser no debía ser ni pastel premeditado ni comilona fatigosa para celebrar, sino más bien una bitácora entre bitácoras, una fiesta de mí para mí —ya lo dije, en perjuicio de e t c— que me permitiera hacer lo que la dura realidad me impide hacer de manera concentrada, después de medianoche: escribir a mis anchas sin pensar que hago literatura, porque la literatura estorba —no como obra acabada, sino como idea, proceso y descubrimiento: la literatura aniquila, limita y agobia, aunque al final, como un elefante blanco que remonta hacia el cielo, rescate y salve a los acorralados. Mi obsequio a los 35 ha sido lanzar una botella al mar, entablar un monólogo disfrazado de diálogo disfrazado de monólogo; la escritura libre, sin cortapisas, de algo comprensible entre yo y un otro que podría o no conocer y hasta desconocer, como ese invitado a la fiesta que te deja plantado; sin aguardar el fallo de un concurso al que se ha enviado, sin aliento y por mensajería a las 23.59.59 de la fecha de cierre, tres engargolados de un libro inédito recién fotocopiado. La aprobación expresa, con recompensa económica, de tres o cinco únicos lectores convertidos en jurados de nuestro perverso e ilusorio sistema de prestigio. Pobrecitos cuentos míos, cuánto han viajado sin redituarme un solo quinto, y mis novelas cuán inconclusas en calidad de proyecto. Cuántas correcciones han sufrido innecesariamente en cada tentativa, cuántos archivos .doc, .txt, .rtf y punto seguido con variantes mínimas y erratas que persisten.
     Por lo pronto, mi cometido marcha no sin accidentes en la construcción de mi obra magna, que se ha concentrado en la presentación, la imagen y la reflexión sobre lo mismo, alentado por ese ánimo de corrector de estilo que me caracteriza, siempre en busca y al encuentro de lo perfectible en lo que estuvo mejor ayer para dejarlo peor que hoy (“obsesionado por el detalle sin ver el universo” —citando a una aguda poeta); fiel a mi ánimo barroco y vericueto, el rizo puede rizarse aún firme en la convicción de que esta u otra redescritura no marcará “¡ Listo/¡ Error en la página” al pie de tu navegador, cuando justo ahora pensaba, después de una reconstrucción total, que estaban absolutamente resueltas de manera autodidacta los gazapos del lenguaje informático, y empezaba a fijar criterios de inclusión de imágenes, video, audio, texto, etc... Los criterios editoriales de mi biblia electrónica. Ya lo dije, me refiero a las Redescrituras de y los imperceptibles cambios que ha sufrido; a las limitantes tipográficas del editor de texto; a la iconografía; a las opciones “rid mor”, “continuar leyendo” sin abandonar la página, desplegar índice y el español, por Dios, que todo sea en español español. Pero es que no se entiende Redescritura de si no se entiende el carácter del autor, porque es un work in progress permanente aunque no escriba (ya son un par de docenas las entradas en calidad de borrador rezagadas en mi cabeza); el gusto por el detalle clásico a riesgo de parecer anacrónico. Y tal vez no se note, pero lo veo yo, y eso es terrible, como un golpe en la cabeza que deja secuelas, o una coma donde va punto y coma.