falsos recuerdos

¿Debaría sorprendernos cómo las cosas que nos causan las más vivas emociones propenden a la mixtificación, cómo se pierden los detalles importanes y los insignificantes se magnifican? De pronto los sucesos se diluye en la memoria y al final nos queda un par de imágenes, una vaga idea de cómo sucedieron las cosas, y la certeza de que muy probablemente nada ocurrió como lo recordamos ni cuando creemos que sucedió.

redes

twitter, facebook, whatever... no, pues si la cuestión es hablar solo, desde aquí puedo hacerlo perfectamente (lamentablemente, en más de 140 caracteres).

constantia

Lo sé, no soy muy constante que digamos... Pero hago honor a la descripción de mi perfil, al menos en lo que respecta a mis proyectos personales. Qué decir.
Y lo peor, tenía que escribir esto un 13 de febrero. Diantres.

Mendigo, que no méndigo

Después de comer, Montemayor y Alí llegaban todos los miércoles al CME... casi todos los miércoles, quiero decir, llegaron. Carlos, muy propio; Alí, de vez en cuando, tragos de más o de menos, feliz con sus güisquis. Yo ¿me sentaba a su lado? No lo recuerdo: sí, era Lorena, creo. Sea como sea, los dos teníamos la secreta aspiración de que su talento se nos pegara como por ósmosis; pero ella fue quien probó su hipótesis: por ósmisis, nada.  Sus comentarios: “¡Ajum, jm jm!, el empleo correcto del quizá y del quizás está en la vocal...”, por ejemplo; y la más memorable: “definitivamente es una palabra que no existe: nada es definitivo, sólo la muerte”; sus anotaciones, comitas, puntos y comas, una terrible: “no sirve” y un “muy largo” para mí apenas fueron aleccionadores, pero sus innumerables globitos para señalar repeticiones de palabras me causaron una viva impresión que la relectura de Adolfo Bioy Casares me curó. Ahora veo que la cura también fue nociva.
   Mientras Montemayor hablaba, Alí chupaba su Halls, hacía bolita el envoltorio y, después de juguetearla un rato, cuando Carlos se excedía en los comentarios, lanzaba con singular tino el proyectil. Carlos se detenía. Luego insistía Carlitos y Alí volvía a atajarlo con otro proyectil (los formaba en la mesa). Sólo una vez no hizo caso, y Alí, nada imprudente ni falto de tacto, comenzó a dormitar. Así de simple.
   El asunto es que durante la sesión mi vista no podía despegarse de su mano derecha, que mientras nosotros interveníamos, se movía con rapidez para intervenir a la vez nuestros textos con su bolígrafo, veloz. Pero mi vista, decía, no podía despegarse de su mano, no por la habilidad de la pluma, sino por su larga uña del dedo meñique. Esa uña, uña legendaria, me hacía sentir una vergüenza universal, cacofónica, cómo explicarlo... era la uñita. Se decía, nunca me lo dijo, pero se decía que se la dejaba larga (pero es que de verdad, era demasiado larga) para usarla de pasapáginas cuando revisaba pruebas y galeras, o nuestros ínfimos borradores. Pensábamos que esa uña (no esa, sino otra muchos años atrás, cortada) había corregido Pedro Páramo, El llano en llamas, Confabulario, las obras completas de Xavier Villaurrutia, Efrén Hernández, ¡ay!, quién sabe cuántos más y yo pensaba ¿cómo pudo haberlo hecho, con esa uña? Y ahora se paseaba como si nada por nuestros textillos, como si nada pasara, nada pasó con ellos. Excepto la uña.
   Yo lo conocía de antes por un poema, uno solo me basta para recordarlo siempre: “Al monumento de un poeta”. Con motivo de sus 75 años, u 80, le hicieron un homenaje nacional y pusieron durante una larga temporada un poema suyo con una innegable errata que se reprodujo en cada vagón del metro de la ciudad de México. Lo sabía de memoria (ya no):

   Dormita la ciudad y de su orilla
   apártanse hartos de salud los hombres,
   plumas desordenas por el viento.

   El desvelado en busca de la puerta,
   el méndigo y sus alucinaciones
   la adúltera que vuelve temerosa
   a la hora del bronce desbordado
   en huerto sobre el día: hermanos míos
   semejantes al ruido que se vuelve
   para mostrar el dorso iluminado,
   llenos de escamas frías que organizan
   la huella de la sierpe que esperaba...


y me encantaba (Alí censuraría esta rima involutaria). Es la errata más bella de mi vida. Joven y torpe, igualado como una mucama de la época de oro del cine mexicano, tuve el descaro de decírselo cuando lo conocí, al lado otra viejita viejita viejita, Griselda Álvarez, tenebrosa, como quien le dice “chico favor que le hicieron a tu poema”. Llegué a la cita de la primera comida del CME, la presentación de los becarios, y lo primero que atiné a decirle fue: “el méndigo y sus alucinaciones”. Carraspeó y la cosa quedó ahí. Pasaron un par de meses, y en la otra comida de los becarios, la que era con los asesores, insistí con que el méndigo y sus alucinaciones y qué le había pasado al corrector que revisó el texto. Alí, con la serenidad de monumento de poeta, respondió con buen humor: “No sé cómo no se me ocurrió entonces.” 

Pepe Grillo

Lo cierto es que de vez en cuando se cometen actos irreflexivos, el super yo sufre un espasmo y ese Pepe Grillo que lo tiene a uno dale y dale y dale quién sabe dónde se esconde, se enreda entre los cabellos, uno se pasa el peine y ¡zas, como piojo! cae nuestro amigo, cruje bajo la suela del zapato su esqueleto concienzudo y la mucha o poca moral que tiene uno se desmorona, como un polvorón. Y ahi está el resultado, allí mero, gozoso en principio y luego, luego el dolor de cabeza. Ay ay.

redescritura olvidada

y tú tan aquí, tan olvidado y dado al cuás. Pobrecitas páginas, después del tiempo que les dediqué, si no escribiendo, por lo menos haciendo y deshaciendo y rehaciendo la presentación del blog, en busca del azul perfecto para mí. De qué sirvió, si ando en las mimas, los mismos desvelos e intrascendencias de siempre... pero pasa, o pasará; ni que la vida dependiera de esto. 

que no digan en clave de fa sostenido

que es como cuando uno se lanza de cabeza al mar y te lo dicen: no te lances de cabeza al mar porque vas a salir raspado, mira que la arena esto y aquello; pero ahi va uno y choca con la arena, se hunde, se raspa, y el libro, y las fotos, y los videos, y hasta el último correito y las chanclas y el sombrero se van al fondo de quién sabe donde: ni siquiera decir memoria porque ve tú a saber qué se perdió... pero finalmente, se queda uno con la satisfacción de que fue uno y no el otro quien la regó (hombre, qué bueno que perdí la casa, qué tal si hubieras sido tú). Y entonces un te lo dije regurgita desde lo más dentro de uno, de lo más profundo, entre encorajinado y qué mal que sientas esto o aquello, que no ves que ahi estoy con la cabeza hundida en la arena, no cómo crees, ahi voy, no mejor no porque me hundes más... total: que para qué te digo si ya sabes que te lo dije. En fin, te lo dije. 

holograma

...el final se aproxima: no hablo de otro fin, sino del final de un largo trabajo editorial que por alguna extraña razón, me fue absorbiendo hasta que se convirtió en algo personal y no en mera cuestión de trabajo. ha sido difícil, porque como en casi todo trabajo creativo, uno termina sintiéndose solo no obstante tenga interlocutores y colaboradoras afanosas que tratan de estar a la altura de mis expectativas (¡pobrecillas!); porque ha implicado retraerme en casa para convertirme en algo así como holograma, para Champs y para Amks... pero pasa, va pasando: el holograma se reconfigura y cede espacio al cuerpo, cada vez más decididamente, a pesar de las tentaciones que me aconsejan en tal o cual sentido cosas malévolas... y luego para decir que al fin y al cabo son un par de libritos que nadie va a agradecer (espero que sí a leer). Y como no soy Justo Sierra, caray, pasaré como siempre en las historias: de ladito, para volver si no a la escritura, a la redescritura. 

Hulk

Como si no fuera poca cosa esto de trabajar y que de los avances y retrocesos de uno dependa directamente el trabajo de una veintena de personas, por no hablar de ciertos compromisos, de prestigios, de dinero invertido. Y todo este esfuerzo para qué, para que uno lo sepulte sin reconocimiento de ninguna clase. Quién se acordará. Tampoco es que haya algo memorable, no, no hasta ahora. Pero en cambio, la otra cara: los sacrificios en casa, los roces, las suceptibilidades (porque todos se ponen demasiado sensibles), y yo, histérico. De mal humor, harto, con ganas de darle un par de patadas a la vida. No escupo al cielo porque me caerá en la cara, y no le escupo a nadie porque me rompe la cara. En fin, que se guarda más o menos la compustara con tal de conservar el rostro, pero entonces uno es una olla exprés que al tacto de una pelusa está por estallar, y la pelusa apenas roza y uno estalla contra quien menos debería temerla... Es el pequeño hulk que todos llevamos dentro, al acecho. 

Tiranía

Es una falacia, un ardid, una argucia de la economía y un equívoco de la memoria: las vacaciones, para quienes tienen hijos, son para todo menos para descansar. La tiranía infantil puede ser llevadera a regañadientes, grata, abrumadora, sublime, cualquier calificativo, el que sea, pero ante todo es desgastante. Uno prepara las maletas, los juguetitos, los trajes de baño, la niña se verá primorosa, mira esto, y esto y esto para cuando esté en la playa. Sí, todo es muy bonito, pero ya estando ahí, ah caray, creíste que podrías relajarte y quizás, en una de esas, tomarte unos tragos cómodamente instalado en la tumbona. Descansas, sí, pero no de las preocupaciones diarias, sino de la actividad del día anterior. Descansas, eso sí, del trabajo porque dejas de pensar en él para pensar en las vacaciones. Las otras vacaciones, aquellas de cuando uno era libre y sin mayor compromiso que con uno mismo (compromiso subvaluado, por lo visto) se podían aprovechar para trabajar ordenadamente, o hacer como que uno organiza sus cosas. Ahora no, uno trabaja para ellos, para ella, y no hay otra manera. Que sí, hombre, son desgastantes, cuánto cansancio acumulado se vuelve a acumular y sin embargo, jamás las reemplazaría porque son irrepetibles. Viva esa tiranía infantil que con todo y todo, es de las cosas más hermosas para quien sabe verlas y disfrutarlas. 

Camarada Carlos

Durante años, Carlos Montemayor y Alí Chumacero revisaron, comentaron y criticaron cada página que les entregamos en el Centro Mexicano de Escritores. En mi caso, no fueron pocas, prácticamente toda la novela por la cual me habían concedido la beca. En cambio yo, fui demasiado petulante como para reconocer sus críticas o confrontarlas con el texto en el momento. La dinámica establecida era muy clara, Chumacero hacía observaciones puntuales, muy juiciosas, incluso correctas, sobre el estilo y el lenguaje; tenía esa capacidad de hacerlo con tal gracia, que el ridículo no podía convertirse en algo incómodo; por el contrario, Montemayor, con ese tono mesurado de tenor e impecable dicción, se metía a fondo no sólo con el texto, sino con la intención del autor, sin rodeos ni concesiones. Su análisis era siempre lúcido, claro y generoso. Invariablemente, se dirigía a nosotros de Usted, no para poner distancia, sino para afirmar que nos respetaba. Este era el trato que Montemayor daba a los beneficiarios del CME, y el Usted que algunos malinterpretaban como un gesto insoportable de solemnidad o pedantería, era clave inequívoca de un código que sólo se da entre pares. En este tono nos ofrecía sus comentarios, y en ese tono nos dirigíamos no sólo a ellos (Carlos y Alí), sino entre nosotros, aunque no siempre empleáramos el Usted. Incluso después del CME, no dejó de dirigirse a mí con un ceremonioso y cordial Usted. Por el contrario, yo siempre lo traté de tú (y no pocas veces me lo reprocharon mis compañeros); nunca pensé en el Usted porque siempre le he hablado de tú a mis amigos, que por lo general son mis maestros.
     En ocasiones, durante las sesiones, había que prestar demasiada atención y buena voluntad, porque si se prolongaba su alocución, corríamos el riesgo de hundirnos en las espesuras de su erudición –él mismo se dejaba seducir por su voz–, que Alí atajaba con métodos poco convencionales. Aunque no siempre se daba el diálogo –evitaba que uno explicara siquiera lo que buena o ingenuamente se proponía hacer–, tampoco pontificaba, pero insistía, insistía e insistía, incluso al punto de la cátedra… y entonces intervenía Alí, con una carraspera que apuraba a conclusiones.
     Había también rituales. Uno de ellos consistía en concertar una cita en un buen restaurante para conocernos y discutir de literatura, al calor de unos alcoholes y comida de excelencia, preferentemente mexicana, por lo general la Hostería de Santo Domingo, en el Centro Histórico. Uno veía el menú, indeciso, y apenas advertía un titubeo, Montemayor salía al paso: “Si me permite hacerle una sugerencia”, decía, “la pechuga ranchera en nata es una excelente elección”. Entonces uno pedía la pechuga y, en efecto, no había decepción. También estaban las reuniones habituales en el Tío Luis, en la Condesa, donde gravitaba Alí Chumacero como gran gurú del buen beber y eje de la conversación. Pero la comida del Centro Mexicano de Escritores, sospecho que Montemayor la agendaba en la Hostería no sólo por su inclinación a la buena comida mexicana, sino porque tenía la oportunidad de deslizarse, inadvertidamente y sin pudor alguno, al piano del lugar para cantar; el repertorio de aquella tarde incluyó “Amapola” y creo que es una de las imágenes más fijas que conservaré de Carlos Montemayor. Como dice María, era “el último de los románticos”.
     La última sesión en el CME, o mejor dicho, la última entrega para mí fue crucial. Montemayor se tomó el tiempo suficiente para realizar un recuento crítico de mi texto. El capítulo que había entregado anunciaba el final de la historia del camarada Rojo, Rubí y el narrador central. En ese episodio confluían los tres y se desataba la crisis que minuciosamente había venido preparando y que articulaba el resto de las narraciones. Sin consideración alguna, me dijo que había hecho un buen trabajo, pero que si retomaba la novela a partir de estos tres párrafos, inscritos en dos páginas que exhibió con los dedos en pinza, existía la posibilidad de que obtuviera algo realmente bueno. “Mire usted, aquí se encierra el verdadero conflicto de su novela”, dijo. “Esto es lo que de verdad debe contar, porque esto es real, esto es lo que le atañe.” Lo soltó así nomás, sin aspavientos, como quien dice vuelve a escribirla. No había ofensa ni descalificación en su juicio, ni recuerdo que hubiera hecho en algún momento a cualquiera de nosotros un comentario con esa intención. Sonreí y pensé lo único que podía pensar entonces, que no había entendido un ápice. El juego de puntos de vista, los quiebres de tiempo, la construcción de personajes, los recursos, la trama y la descomposición de la trama. Nada lo había entendido Montemayor, sólo le parecía un texto bien escrito.
     En el CME nos daban unos meses para concluir el proyecto presentado y liberar la última mensualidad. En esos seis meses me puse a ordenar el trabajo y me resultó imposible llegar al final. En efecto, había algo que no cuadraba. Distribuí los capítulos como los había pensado; hice mapas; señalé personajes, anécdotas, tratamientos que debía elaborar nuevamente, replantear o profundizar. Nada de eso me condujo al final. Un capítulo atroz, que ocurría durante una fiesta de quince años, se me anteponía siempre como una piedrita en el zapato, como arena en el ojo… y esos tres párrafos, igualmente estorbosos. La novela descansó, siempre rondando mi cabeza, y un año después retomé todo el material, todas las notas que había tomado, y miré de golpe las páginas señaladas por Carlitos, como le decía cariñoso Alí, y quien comprendió fui yo. Tenía razón: había ensayado con el lenguaje y los personajes y la estructura durante casi dos años para llegar el punto donde quería llegar: a saber lo que quería contar. El resto era paja, artificio, y así fue como empecé de nuevo algo que aún no he concluido. Lo único que diferenciaba esos tres párrafos del resto de la novela, es que estaban anclados en la realidad, más allá de la verosimilitud. Es aquí donde está en gran medida eso que llamamos vida de la novela. Esa fue su gran lección. Como a otros, quizá, Montemayor me enseñó, me hizo tomar conciencia de que hay un tipo de literatura que trasciende el juego verbal y los montajes; lo anecdótico y la corrección; la que apuesta no por observar la realidad, sino por intervenir en esta, la que a uno más que serle cercana, le inquieta y le perturba. En esas líneas Montemayor advirtió congruencia entre autor y texto, como ocurre con Guerra en el paraíso, como él.
     Desde el viernes 26 de febrero que se esperaba su muerte, comenzó un duelo personal. No sólo a causa de la inminente pérdida del maestro, sino porque con él empieza el luto por una tradición irrecuperable, donde escritores que dignifican el oficio de quien escribe, congruentes entre el decir y el hacer, resultan imposibles. En el Centro Mexicano de Escritores, Alí Chumacero y Carlos Montemayor enseñaron a los jóvenes escritores a sentirse escritores, a escribir como escritores, a pensarse escritores y sobre todo, a saberse escritores, al margen de la obra y el prestigio. Todo ello implicaba el reconocimiento de uno y del otro. Nos enseñaron también, a respetarnos en este sentido y a ser humildes y severos con nosotros mismos; a no tomarnos tan en serio ni tan aprisa. Ignoro si Carlos sabía lo significativo que fue, realmente, para un puñado de escritores que pasaron por aquella sala de cuatro por dos y medio cada miércoles. Ojalá lo supiera. Me hubiera gustado decírselo. 

* Versión impresa, y aquí otra versión de un amigo.

Ex Libris

Bueno, supongo que esto es inevitable: hablar de Salinger ahora que murió. Y la verdad, realmente es inevitable. Desde que lo leí en la escuela, desde que comencé a escribir, J.D. Salinger estaba ahí con toda su prestancia heidegueriana: mientras más ausente, más presente. La única novela que he cerrado y abandonado su escritura por completo, la primera, la primeritita de todas, de la cual solo un amigo tiene una copia (y que se arriesgó a leer de principio a fin) comienza y divaga entre sermones morales, Salinger, José Agustín y un sueño recurrente. Desde luego fue un ejercicio iniciático muy enriquecedor que me tomó años y, al parecer, me dejó exhausto. Sin embargo, Salinger no ejerce en mí la fascinación y amor que siento por otros escritores; cuando murió Arreola, por ejemplo, me entristecí, incluso hubo lágrimas; lo mismo pasó hace un par de meses con Milorad Pavic, a quien no he sido capaz de escribirle mi despedida. Sin embargo, con Salinger, la sensación fue distinta, quizá porque Holden Cauldfield sigue por ahí, pendiente de mi caída hacia el precipicio. Y eso que no he vuelto a visitarlo, aunque he tratado de conocer a los Glass sin experimentar una atracción real por ellos, salvo por el texto que los críticos dicen que es su peor trabajo “Hapworth 16, 1924”, el último que publicó.
     Salinger me evoca aquellos años febriles en que paseaba con una libreta en el bolsillo del pantalón y una pluma y anotaba al vuelo cualquier estupidez que pudiera prestarse [o no] para un cuento. Años virginales en que pensaba cuán gris sería la vida de un burócrata como yo lo soy ahora (y debo decir que esta vida no es nada gris, aunque tampoco sea luminosa). Años felices donde todo era un inconmensurable, intenso, intenso drama. Días de café París y El Parnaso y paseos por el Centro Histórico. Esos días en que uno, cómodo, se siente censor moral y conciencia universal. Pero sé, que el asunto no es Salinger, es un estado de ánimo, es un tiempo en el que el nombre del escritor no es el escritor sino un símbolo, una marca, por fortuna, indeleble, como un ex libris. La única razón por la cual la noticia de su muerte me dejó una sensación indefinida —como quien ve algo desde el andén del metro y tiene la certeza de que en el vagón del tren que acaba de pasar ha reconocido algo, no necesariamente un rostro o una figura, sino algo— es porque había vuelto mi interés haría un par de meses. Volvió en 2004, volvió en 2006 y durante 2008, cuando hallé, un domingo familiar en Sanborns, los Nueve cuentos de “Un día perfecto para el pez banana”, y en 2009, cuando me propuse hacer una pequeña edición de cuentos no reunidos y traducidos al español, hallados aquí, en la red.
     La obra de Salinger no creo que me hay marcado literariamente, pero se convirtió en una suerte de evocación requerida cada vez que mi escritra se veía vencida por la inactividad. Mi relación con Salinger es una perfecto ecuación de causa-efecto. Así, siempre que me digo voy a dejar de escribir, un aliento de nostalgia tarde o temprano me sobrecoge, releo algunos viejos textos, pienso en mis libros de cabecera, hojeo mis libretas, hago algunos apuntes por el mismo tono conmiserativo, y me viene a la mente una manera de ser que asocio con Salinger, una novela de Paul Auster y Sean Connery (¿por qué Sean Connery? Misterio). Ah, y claro: con mi papá (otra larga carta de despedida que no he concluido), la sala de la casa de mi mamá y una máquina de escribir Olivetti (Lettera) donde escribí una novela desbordada con el triste título de Tiempos oscuros, que tuve el ánimo de transcribir y reescribir en la computadora Acer 386 que mi hermano se empeñó en comprar y que luego heredé, si no me equivoco, al gran Alberto. Salinger es una tonada que bien podría haber tocado Johnny, porque es como el compañero Bruno, fiel como el mal aliento.  

Disciplina de la búsqueda inútil

La disciplina de la bitácora no es cosa fácil para quien se sienta, como yo, con todo el ánimo de escribir y termina preguntándose ¿y ahora qué?, mirando de soslayo la libreta que aguarda con su sonrisa de pasta dura como quien dice “cómeme”, por un lado, y por el otro un libro que se abre para descubrirse empolvado, en un claro reproche por el abandono. Me digo entonces ahora esto, pero esto no jala, no sirve, e imagino lo que viene a continuación de lo que uno ya ha desechado, vuelta a la página para recomenzar y retrabajar sobre una idea precisa, justa, artera. ¿Cuál es esa idea? Más café, un cigarro, el monitor está encendido, ¿es Champs o es Amks este zumbido interferente? Luego, la vista divaga y del editor de texto transita a la barra de navegación, y en la barra del navegador cobra un segundo aire, una inspiración llena de curiosidad, de una intuición que dice aquí hay algo, una nota, una visión, algo que aterriza en las pestañas tentadoras del navegador, que al instante, por orden propia y cursor en mano, se abren sucesivamente para emprender una de esas búsquedas inútiles e infructuosas y configurar una literal pérdida de tiempo, sin concesiones. Sin embargo, algo hay de alentador en todo esto, y es que mirándolo por el lado positivo, la pérdida de tiempo en búsquedas inútiles también requiere no sólo de destreza y concentración, sino disciplina férrea, porque en una de esas la búsqueda llega a su objeto de búsqueda y se trastorna todo en peligroso encuentro. Mirándolo por el lado negativo, pues nada de nada, es una llana y literal pérdida de tiempo.
     Para muestra, un botón: para empezar, ¿por qué? no lo sé, pero en esta disciplina rigurosa de ingresar día tras día tras bambalinas a Redescritura, y transitar de la intención a la búsqueda inútil, me dejé llevar por un deseo insatisfecho que a punto estuvo de llegar demasiado lejos: el objetivo, ver las fotos de Dana Plato (Kimberly Drummond en Blanco y negro) cuando posó para Playboy en 1989. A mi hermano, si la memoria no me falla (y por lo general no me falla, pero cuántos huecos y tergiversaciones acusa), le encantaba. ¿Qué demonio me llevó a Dana Plato? El demonio de Facebook, un demonio hasta ahora menor en mi vida, pero un demonio latente, germinal, que trato de comprender y sin embargo, fracaso en el intento. Dejé la bitácora para entrar al Facebook de Alejandro. El Facebook de Alejandro me llevó a Human Drama; Human Drama me condujo a YouTube; YouTube me condujo a Bazinga!, expresión de Sheldon Cooper de The Big Bang Theory; The Big Bang Theory me condujo a Wikipedia; Wikipedia a Sara Gilbert; Sara Gilbert a Melissa Gilbert; Melisa Gilbert a Jonathan Gilbert (Willy Oleson en La familia Ingalls); los Gilbert me llevaron a un comparativo de estrellas infantiles antes y después, y este comparativo a la clásica nota de tragedias de estrellas infantiles, donde la nota principal suelen ser River Phoenix y Dana Plato, y héme aquí, releyendo la semblanza de esta dama, su ingrata y legendaria historia, sin poder visualizar el comparativo y yo pensando qué caray, nunca vi esas fotos de cuando posó para Playboy, ni recordaba el interesante dato de que incursionó en el cine erótico, el soft-core o, como Amks y yo le decimos, el del tercer clítoris, que en realidad debería ser el del otro Punto G, que lleva a las mujeres y sólo las mujeres, a tener un orgasmo de tan sólo toquetearse entre los pechos desnudos mientras una masa de músculos les masajea las nalgas, la cadera, la cintura y las tetas, u otra voluptuosa dama hace lo propio. ¿Y en esta que es la más pobre y patética categoría del cine universal incursionó con un papel protagónico Dana Plato? Cuando aterricé en Google imágenes en busca del comparativo que la página de chismes no mostraba, apareció Dana con su resplandeciente sonrisa Colgate, toda gringa, toda ensueño ochentero, en jeans y suéter rosa. Y aquí pensé tengo que verlo. Tenía que ver esas fotos en Playboy que desde los quince años debía conocer de memoria (y al escribir quince años se me vienen cientos de imágenes que me tientan a abandonar esta nota); debía ver esa joya del séptimo arte y llenar un hueco importante en mi educación sentimental. Oh, sociedad de la información que todo lo puedes, que todo lo contienes aunque nunca haya existido. Pero qué tragadia y confabulación mundial más fiel a la memoria de una actriz intradescente: como si la sociedad de la información le guardase un respeto unánime, un luto permanente, una devoción inexplicable, las imágenes de Playboy se redujeron a dos: las de portada en Estados Unidos y en Turquía, más otras muchas imágenes de la chica cuando coestelarizaba Blanco y negro y años posteriores, la típica foto de anuario de secundaria, falda larga y blusa cerrada hasta el cuello, qué curioso, en blanco y negro. En cambio, de la película ominosa, Different Strokes: The story of Jack and Jill... and Jill, encontré cuatro clips, el primero en YouTube, nada relevante, salvo su incapacidad histriónica, que junto a su coestelar, resultaba soberbia; la nota, que decía furiosa fuck como quince veces, oh improperio cultural para un icono generacional; los otros tres, los hallé en uno de esos sitios que el explorador detecta como poco seguros y al instante el antivirus bloquea. Resultado, para ver los tres patéticos clips donde Dana Plato seduce, besuquea y toquetea y le hace el amor (amor que termina sacrificando por amor) a una amiga de aire inocente y extraviado, bastante crecidita como para tener confusiones sobre sus preferencias sexuales, me vi en la necesidad de desactivar el Norton. A todo esto hay que señalar que me encontraba alimentando el iPod, al que estaba agregándole el álbum Pin-Ups de Human Drama (aportación indirectamente sugerida por Alejendro, vía Alberto, vía Arturo) y lo mejor de los Kinks (“I'm not like everyboy else”), aportación personal.
     Al cabo de varios rodeos, después de viente años, vi desnuda a Dana Plato, no como hubiese deseado, de cuerpo entero, en una imagen fija y bien lograda por la revista de Hugh Heffner; sino en el lamentable tartamudeo de un video de baja calidad que cada dos o tres segundos se recargaba y lo que debía mostrarse en menos de dos minutos, tomaba cinco, siete, diez. Dana Plato no se parecía a Dana Plato, lejos de su imagen ochentera, a pesar de la calidad de video-home VHS de los videos, sin su blonda, larga y abundante cabellera, sin el rostro enmarcado por el flequillo adolescente resultaba indiferente, y su nariz ligeramente aquilina la afeaba de manera inimaginable; sus treinta y tantos años llevados como los había llevado, se notaban a golpe de vista en sus ojos, que no en su mirada; su sonrisa, valga la cursilería de la apreciación, no era la de aquella muchacha, sino la de una mujer sin chiste ni gracia, una gringa cualquiera de mediano buen ver y cuerpo bien tallado, ni tan tan, ni muy muy. Todo en esta Dana Plato era prescindible. Me sentí, me siento ahora que lo relato, como una canción de Talking Heads: You may ask yourfelf, well, how do i get here?
     Sobra decir que no soy ni fui ni seré tardío fan de Dana Plato (de lo que representa), como sí lo fui de la Trevi (¡aflojen aflojen, Gloria Trevi es inocente!) y podría seguir siéndolo si continuara lejos de escena, y cuyo calendario alimentó durante años el salvapantallas de dos computadoras resistentes a mis forzadas actualizaciones. Dana Plato nunca figuró, ni de pasada, en la Pornoteca de Alejandría (recién la bautizo) que la banda Toqueyrol, de la que hablaré en su momento, construyó poco a poco desde Guanajuato hasta la Narvarte, y de la cual sólo queda un ejemplar inaccesible.
     Como todo crimen, el extravío tuvo castigo inmediato: al desactivar el Norton, se dejaron caer como ángeles vengadores una cantidad ingente de virus y amenazas, que pasmaron mi robusto equipo y dañaron, en consecuencia el iPod, que perdió toda información innecesaria, es decir la personal, para restuararse a su estado original de fábrica. De aquí se desprende que la pérdida de tiempo en búsquedas inútiles también tiene sus moralejas edificantes: si hubiera cedido a conservar la memoria de Dana Plato en su estado original, como lo hace el resto de la sociedad de la información, en vez de franquear los límites de seguridad sugeridos por una máquina, mi recién adquirido iPod de última generación permanecería intacto, al igual que la imagen de Dana Plato, sugerente y melancólica, con su tierno flequillo de niña dulce y bien portada, como se le sigue viendo con nostalgia en Blanco y negro después de conocer su trágico destino. Más simple: nada de esto hubiera ocurrido si, sencillamente, me hubiese conentrado en escribir y ver a dónde me llevaba el yo que redacta esta bitácora, privilegiando la disciplina de la escritura, que no tengo, sobre la disciplina de la búsqueda inútil, que vaya si me sobra. 

El clan en fin de año

La familia en diciembre: se lee fácil pero se dice con cierta pesadumbre e inevitabilidad, porque siempre es cuestión de arduas negociaciones en el hogar, fundamentalmente porque uno está cansado y el elmento champincuri que está de por medio nos obliga a proceder de manera diferente, sin contar, claro, al clan, que invariablemente sigue con rigor un plan definido: el antiplan o roto-plan: el súbito cambio de planes. Si no fuera por ella, tal vez las cosas resultarían menos liosas; si el clan definiera y siguiera a pie juntillas un plan, ídem. Si no fuera por ella, tal vez diciembre no sería un mes que ahora me depara más gracias que pesadumbres; si no fuera por el clan, tal vez diciembre no me depararía pesadumbres, pero tampoco sería del todo agradable. Y si no fuera porque diciembre es el único mes en que se presenta la oportunidad de que la familia se reúna, sería... quién sabe qué y cómo sería, tal vez lo que era antes: una fecha que uno dejaba correr por su piel como el agua bajo la regadera, bien ataviado y con “El niño del tambor” en voz de Raphael como música de fondo.
     La negociación decembrina, sin embargo, no empieza en la mesa, con un cálido café y los tabacos en la mesa, como quien se dispone a jugar una partida de dominó que definirá al campeón universal, porque en esta mesa no hay nada que ganar ni es competencia. No. Empieza en la cabeza, por ahi de agosto, con un runrún insistente que pregunta cuál será el plan en diciembre y uno se responde planteando los múltiples escenarios posibles, que paradójicamente, son los mismos año tras año. Luego, llegado octubre más o menos, el runrún cobra forma, como ánima rulfiana desciende por los hilos telefónicos, se desprende de los labios de una tía o del hermano, viaja al instante en megabaudios, o simplemente se conjura mediante un correo electrónico o en la alquimia publicitaria de una oferta que no es propiamente prenavideña, aunque tiene toda la pinta para el consumista previsor de paseo por una tienda departamental. Diciembre entonces se aproxima con sus pesados pasos de viejo barbas chapeteado, envuelto en terciopelo rojo con cara de ponchera y forma de piñata, sin delicadeza alguna, y con toda esa ventaja de ser último en el calendario, en medio de balances presupuestales e informes de trabajo, se apersona con su fatalidad de ¿dónde vamos a pasar a la Noche Buena? y la respuesta inmediata: donde siempre ¿o no? Pero este donde siempre implica un lugar donde no pasar la Navidad; implica que no verás a esa parte de la familia que siempre pregunta por qué no vino fulano, no obstante fulano casi nunca se deja ver porque tendrá sus razones. Además, ocurre que por un lado el plan se ha definido sin ambigüedades; por otro, la improvisación prima como si fuera una virtud y no algo humanamente desquiciante. (Este año, oh ingenuidad, creí, pensé y asumí, que la improvisación sería elimanada del panorama; no fue así.)
     Pero este reproche soterrado en torno a la familia, que el clan eleva con un simple “qué milagro”, es una ficción que describe una realidad precisa, porque sucede que antes de diciembre transcurrieron, lisitos, once meses con fechas propicias para manifestarse ante el clan, en los cuales uno optó por dejar escapar la oportunidad. La realidad del quémilagro sugiere también una imposición: deberías estar aquí, y este deberías el sometimiento a una tradición de la cual uno ya no desea participar simplemente porque está conformando su propia tradición, y una reacción, que es la evaluación cualitativa de las tradiciones familiares que permiten sentar las bases, mediante la ruptura, de las nuevas tradiciones en construcción. Lo peor del recurso del quémilagro no es la simple enunciación, sino el anticipo de una perorata sobre la unión familiar y el significado de la familia. Intolerable, pero es una concatenación probadísima que garantiza un ataque en masa, el blitzkrieg del clan ante el cual no hay defensa porque no hay convergencia en los puntos de vista, que deriva en no decir lo que realmente se quisiera decir para evitar un drama a la altura de una patética ópera bufa, entonces las palabras se atropellan rápidamente como un remolino de agua que se forma en el ojo de la coladera, y se pierden como las palabras de la maestra de Charlie Brown: bla bla bla bla blá, y ahí termina la invitación a reflexionar sobre quién sabe qué que tendrías que pensar. Todo está dicho sin haber dicho nada. Ah, somos tan cristianos, tan sembradores de culpas, tan cantinflescos, tan sin sentido del humor. Yo prefiero esquivar la piedra y dejar que el clan se conforme con mi presencia de muñeco de aparador, y el clan acostumbrado a este proceder, se conforma: es la nueva tradición, para desplazar su atención sobre la nueva víctima propiciatoria: el elemento champincuri los absorbe con su gracia y simpatía, cómo no, y menos tarde que temprano cada quien se solaza en conjeturas de lo que pasó por la cabeza de zutano o mengano, incluyéndome. Qué flaca es la memoria cuando hay tantas cosas que no cambian, y qué esperanzador y decepcionante resulta diciembre cuando se espera que lo que antes no era diferente ahora sea distinto. Diciembre y sus aguinaldos no cambian, apenas se transforma para dejar de ser lo que siempre ha sido: una promesa. Y sin embargo, como diría Galileo, se mueve, por fortuna.

Autor en busca de personaje

Después de una desviación de navegante en busca de un dato irrelevante para determinar la paternidad de un refrán, decido que no, en definitiva, que no es lo mismo escribir así, aquí, que en la intimidad de una libreta rayada, apretándose la letra manuscrita conforme se acaba la página. Según se ve (y percepción es realidad), esto ya es un hecho consumado conforme se va acomodando el texto con su letra de molde, bien alineado —justificado—, casi sin erratas, ligando palabra tras palabra, imagen tras imagen (el cuadro completo es otra cosa) listas para la imprenta. No hay tachaduras ni enmiendas ni compenendas; pero eso sí, qué tal el pajarito censor que tienes a espaldas, ese que te dicta que sí y que no, hasta dónde eres vulnerable si abres demasiado la puerta, pero ¿y si sucede que crees que la puerta está abierta justo lo suficiente para no exponerte, cuando más bien estás abriendo el zaguán? No. A la libreta se puede volver con la libertad del control que tengo sobre sus páginas para arrancarlas o sepultarlas en mi desordenado orden, para dejarlas siempre inéditas —vanidad, como si hordas de lectores se agolparan en la puerta de mi casa para desenterrarlas—, o públicas solo para quien las lee, o sea yo y nadie más. A la libreta se puede volver con la seguridad de que esa intimidad que consigna los recuerdos más tristes y esculpe la nostalgia, pero que también cincela y acomoda las memorias felices para que continúen siendo felices o más felices si se quiere, sin que venga nadie a cuestionarlos y enmendar la plana, quedará intacta.
     Un error evidente de perspectiva, de origen, que no vi; una ingenuidad reprochable de entrada, para mí, a estas alturas. Debo crear al personaje que soy yo entre carpetas, y dominarlo: vaya tarea ser autor de uno mismo
. Ah, esta redacción sincopada me trae tantos recuerdos... felices, por cierto. Lo delicioso, eso sí, es ver la construcción y deconstrucción de la película cuadro por cuadro (como dije antes, eso es otra cosa), mes con mes, según las etiquetas. Me repito: debo crearme un personaje, no sé cómo ni de qué tipo ni con qué historia, pero debiera ser tan elegante como este caballero aquí a mi lado...

Del hubiera


El trabajo, en este díficil cierre de año, ha impedido que le dedique a mis notitas más tiempo del que quisiera. Me hubiera gustado continuar comentando mis anacronías sobre el proceso técnico-creativo-autodidacto de la “Bitácora” y carpetas que le acompañan. Me hubiera gustado hablar oportunamente de la tipografía y su relevancia para mí. Del minucioso trabajo de fijar criterios editoriales. De las imágenes que no hay en esta página, y de la que hay en esta página que me recuerda a los jinetes de las portadas de los programas del Hipódromo de 1982, y a papá en sábado, anotando en mangas de camisa, recostado en la cama, los resultados de las carreras como si guardara una memoria de sus aciertos y, principalmente, de sus malas decisiones al apostar por este caballo y por tal jinete (¡pinche Mercado, ya no tiene muñecas!), porque las carreras no eran cosa del azar, sino la correcta suma de una serie de datos precisos. Me hubiera gustado hablar más, pero en menor medida, de mis torpes hallazgos en la estructura de esta carpeta, que blogueros más experimentados en comentar y explicar sus propios hallazgos han hecho y hacen de manera sistemática... Pero hasta cierto punto, ocurrió lo que imaginaba y es que, como cuando uno escribe un cuento, de joven, con la firme creencia de que revoluciona algo que se revolucionó hará un siglo atrás, si no es que más, me vi rebasado por las incursiones de otros como yo antes, y así cómo no sentirse desalentado porque la imaginación de otros resulta en una competencia contra la originalidad... oh bendita ignorancia, cuántas satisfacciones nos deparas (ah, cuánto hubiera deseado escribir: “¡oh, inteligencia, soledad en llamas!”).
     Hubiera invertido en estos dos meses, támbién, más tiempo en la sustancia y menos en la forma pero bueno, pienso como novelista y veo el potencial de la la página en su estructura, sin poder deslindar la forma de la sustancia. Pienso por otra parte, que no importa, que haré cuanto ahora pienso que hubiera deseado porque, al menos por las noches, este tiempo compartido entre la vida laboral y familiar es mío, solamente mío, o relativamente mío. Pero mío. Casi. Y ahora mismo siento, porque es un sentimiento vago que proviene de la desmemoria, que me encuentro hablando desde un punto distante, medianamente distante, de donde yo me situé al emprender esta bitácora. ¿Era mi deseo llevar un registro puntual de mis más íntimos devaneos día por día? No. No tanto. Estaba, sí, el objetivo de preparar un texto por lo menos cada semana, de quitarme un peso de encima a cuenta gotas. Pero también encuentro, ahora que lo pienso, un tono disfuncional en este propósito, porque el propósito iba acompañado de una suerte de mordaza a cualquier calificación de mi trabajo. Un tache y censura a la reflexión personal sobre la creación. Como si a quién le importara. Y este sentimiento vuelve a revelarme, también ahora que lo pienso mientras escribo, que no he dejado de escribir solamente para mí, sino que sigo escribiendo para un lector que está más allá de mi epidermis, cuya respuesta aguardo secretamente. Aquí, yo, aguardo paciente, acabar con los hubiera, aguardo moroso, menos tarde que temprano. 

Grupos de autoayuda

En busca de mejoras en la presentación de estas carpetas de textos, he dejado constancia de mi desidia y testarudez en la entrada anterior. La vista previa de los blogs se expresa casi correctamente al mostrar un texto justificado… ahora, porque hubo quien me señaló una omisión en la configuración de esta página: su solución al problema no fue la correcta, pero en sí, su observación me hizo reparar en la omisión de una orden en el cuerpo del CSS (qué es el CSS en pocas palabras, bueno, quisiera saberlo para poder explicármelo).
     Ahora también, tras una necedad, encuentro que el tema del diseño de blogs no es una ocupación menor; son muchos y muy generosos quienes se dedican a brindar apoyo a una cantidad nada despreciable de navegantes que, como yo, quieren hacer de un blog una página personal y creen que estas personas están para resolverles su problema de imagen, gratuitamente, nomás porque sí, porque su blog trata de las entrañas de Blogger, como si tuvieran obligación los unos con los otros. Su perfil es similar al de un diseñador o desarrollador web profesional o aficionado, pero con capacidad de expresión, de mártir y pedagogo, porque explican las cosas de la A a la Z, con pelos y señales: los diseñadores de oficio, cuando preguntas cómo se esto o aquello, nomás responden “bien fácil, mira, así”, y uno mira pero como no explican, se queda en las mismas. Ellos conforman un amplio grupo que podría denominarse de superación personal internáutico, o de autoayuda —sin ánimo de que resulte ofensivo el término para estos próceres—… pero a la vez, son individuos que encabezan grupos de autoayuda con tendencias adictivas para un lego como yo, que en el afán de entender y perfeccionar su colección de bitácoras, lo último que hace es escribir y publicar lo que escribe, sino cambiar una y otra vez, para después regresar a su estado original, el blog, cada noche todas las noches, insatisfecho por el resultado de artilugios sugeridos por aficionados y profesionales, funcionales eso sí, pero carentes de la respuesta que uno anda buscando, y en lo que busca y encuentra dándole órdenes al código html mediante scripts misteriosos, se va todo esfuerzo por registrar nuestros anodinos pensamientos y consideraciones irrelevantes sobre este u otro tema.

wysiwyg

... pues no, medianamente falso, medianamente cierto, porque nada más engañoso que la vista previa del editor de texto de Blogger, para creer que una entrada justificada será publicada efectiva y enteramente justificada, así que ni tan what you see is what you get.... Ah, una de mis lamentables luchas perdidas contra la imagen en internet, inimaginable en la letra impresa.

Música de fondo

Lo que más me gusta de navegar es precisamente el hecho de que me permite perpetrar búsquedas inútiles por entero satisfactorias: bajar sin pagar un quinto la música que adoro y acumulo en mi computadora; piratear tipografías y programas de edición para un libro que yo mismo formaré y tal vez un día mande a imprimir con un tiraje exclusivo de 100 ejemplares; encontrar imágenes y archivos de audio y video de los autores que más amo. Ahora mismo, teniendo como sombra persecutoria a un premio Nobel, escucho una entrevista de Juan Rulfo de 1977 (la colocaré en “Evasiones” más temprano que tarde), recuperada del sitio que más deploro de internet por lo anodino que puede resultar: YouTube.
     La voz de Juan Rulfo es música para mí, lo puedo escuchar como quien oye a los Beatles o a Benny Goodman; me estorba, eso sí, el entrevistador que está increíblemente bien informado sobre Rulfo. Sin embargo escribo y su discurso no me interrumpe, al contrario, me anima, me exalta, me hace vibrar como los Talking Heads: las inflexiones y la profundidad de su voz, los giros coloquiales que emplea, la concisión de la memoria, su percepción de las cosas y la congruencia entre el Rulfo legendario, el literario y el iconográfico es brutal, me apabulla.
     Rulfo, ignoro por qué, me recuerda a mi padre. No sé si me lo trae a la memoria porque es de Jalisco, o porque no deja de ser inexpugnable; porque lo veo siempre con su gesto enfermo, deslucido, la imagen que a veces procuraba Rulfo; o simplemente porque encuentro un parecido que a lo mejor, o sin duda, no existe. Puedo leerlo una y otra vez sin sentir hartazgo. Como me ocurre con Los de abajo, su obra me parece una de las más lamentablemente vigentes que existen en México, y quienes lo denuestan, los más absolutos estúpidos y engreídos. La patética realidad de una historia que no ha cambiado, persiste en más allá de sus libros, incluso ha irrumpido en mi hogar de manera inquietante. Sus atmósferas me son increíblemente cercanas quizás a causa de lo mítico y no se me dificulta encontrarme en ellas. A Rulfo le admiro, entre otras muchísimas cosas, la llaneza de su prosa; la envidio a la buena y la deseo más que a cualquier mujer porque es todo lo que yo no puedo dejar de ser: verborreico y barroco desde la idea hasta la ejecución.
     Rulfo es un parricidio que no estoy dispuesto a cometer; aunque en realidad,tal vez no esté dispuesto a cometer ningún parricidio. No por nada pienso en el drama de Rulfo y me topo con la imagen de mi padre, casi como efecto dominó.
     Cuando pienso en mi papá me imagino de dos maneras: primero, me veo espiándolo como si estuviera atisbando al Aureliano Buendía de los pececillos de oro, la imagen más vanal, más superficial y sentimental que me inspira él, diríase el lado cursi de la moneda; segundo, me veo buscándolo no como Juan Preciado buscaba a Pedro Páramo para hacerlo polvo, sino como en las entrañas de sus desoladores escenarios. Ahora, apenas ahora, justo ahora lo entiendo, y es que se trabajó con muertos, dice. Y en muchos sentidos, yo he estado trabajando mucho tiempo con muertos confundiéndolos con vivos, y a la inversa.
     Hace poco alguien me dijo que el alcohol destrozó a Rulfo; que el alcohol le impidió continuar escribiendo. No supe si reír o llorar, lo único cierto es que el comentario me lastimó como una nota desafinada por la ignorancia de la afirmación. Sólo Rulfo sabrá por qué rechazó continuar con sus relatos escritos, porque hubo otros que continuó en la fotografía. Uno de los corajes más enconados que he hecho últimamente —y vaya que he hecho corajes—, tienen que ver con Rulfo. Editaron un libro que hicieron pasar por suyo, una infamia que lejos de contribuir al esclarecimiento de su obra, lo demerita. El libro se llama Retales y deberían quemar la edición completa, es más, ni debería mencionarla pero quiero incitar al lector a perpetrar este justo acto de censura: quémenla, quemen toda la edición y con esta, si es posible, a los compiladores y editores, sin darles siquiera el derecho de pataleo. Esa farsa es una basura que podrían ser las notas a lápiz que uno realiza de vez en cuando en las márgenes de un texto, o al calce. (Las únicas anotaciones de esta índole que me gustaría editar son las de mi querido amigo Alejandro, muchas de las cuales dejó en numerosos libros de la Biblioteca Central de la Universidad: joyas de la lectura atenta, de las correlaciones entre un texto y otro de naturaleza por completo distinta. Las titularía Diálogos alejandrindos y el volumen sería posiblemente tan extenso como el de Platón, aunque un tanto más variopinto y, por tanto, enriquecedor.)
     Rulfo me ha dado el mejor consejo de toda mi vida, aunque tardé tiempo en seguirlo. En la entrevista, le preguntan cómo va con su novela y él, con la timidez acostumbrada, dice que ahí va, que espera terminarla este año y luego se deshace en ambigüedades para arrogarse el derecho de terminarla o no según su estado de ánimo, si tengo la serenidad, dice. Así estuve yo también, diciendo que este año publicaba el Manifiesto, o La paradoja del gato, sabiendo, sin aceptarlo, que no lo haría. Que después de A propósito del autor me sentí en la obligación de ser tan riguroso en el decir y el publicar, que no volví a sacar nada salvo un par de cuentos a solicitud de amigos. La inconstancia editorial ha sido la constancia de lo que, con grandilocuencia, puedo llamar mi obra. Pero creo que fue a Arreola a quien le oí decir que Rulfo jamás tuvo la intención de continuar la famosa novela de La cordillera, que no pasó de ser el borrador de una idea y la excusa permanente a las exigencias de su gremio, que no terminaba de entender que él ya no quería escribir, que lo que quería decir lo había dicho ya. Mi librito de cuentos está muy, pero muy muy lejos de ser El llano en llamas (y de decir lo que yo quería decir, si es que alguna vez lo supe), pero gracias a este librín y a Rulfo comprendí, mucho tiempo después de haber entrado al ruedo de las fabulaciones, que uno no puede andarse por el mundo dejando testimonio de su vanalidad, cuando por naturaleza somos insignificantes.
     Esto podría parecer una contradicción, sobre todo para quien se dé una vuelta por mis bitácoras. Tal vez entre la publicación impresa y la publicación electrónica no exista diferencia, pero tan cierto como que lo que es parejo no es chipotudo, los bytes de mis cuentitos no tienen el peso lapidario de la letra impresa... aunque tu libro sólo puedas conseguirlo en bodega, con el autor —por los buenos oficios de tu señora esposa que no deja de pensar que un día de estos vivirás de tus regalías— o en una librería de viejo y, por tanto, nadie sepa de su existencia. A Dios gracias. Ahora, si estos argumentos no derrotan esa impresión contradictoria entre lo dicho y lo hecho en estas páginas mías, es porque en efecto, soy una persona contradictoria. La vida, como dice Rulfo, no es muy seria en sus cosas. 

Pues sí

..., es extraño, publicar un cuento que escribí hace más de quince años...